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REVISTA N° 2: Crimen, culpa y castigo

Este número intenta mostrar los distintos estatutos que puede tomar la violencia o el homicidio de acuerdo con las coordenadas simbólicas en que se produzca. Desde las sutiles formas de control social y el castigo que la ley ha impartido a lo largo de la historia, hasta los que cuentan con el consenso social, tales como la guerra o los ritos de algunas comunidades, se suman también los que el neurótico comete en su fantasía y el psicótico en el pasaje al acto homicida.

Se comprueba en la experiencia psicoanalítica de sujetos neuróticos, que estos padecen de un sentimiento de culpabilidad respecto de delitos que no han cometido. En algunos casos, el peso de esta culpa los lleva a cometerlos para poder expiarla, hecho que da cuenta de la dimensión de la realidad psíquica.

Es por la irrealización del crimen tal como lo define Jacques Lacan, que esta culpa anuda al sujeto a "...la deuda con la que el sujeto se liga para toda la vida con la ley...". Punto en que la verdad subjetiva se aparta y se diferencia del concepto jurídico de verdad que toma en cuenta solamente el delito efectivamente cometido, pero que sin embargo en torno a este un sujeto puede ser imputable o ininputable.

En la experiencia analítica se trata de hacer virar la posición del sujeto de la culpa con que comienza su tratamiento, a la responsabilidad sobre sus actos. Sin dejar de tomar en cuenta el contexto singular de la historia del sujeto, no responsabiliza de su acto al Otro, sino al sujeto mismo, sea cual sea su estructura. No así la ley que exime algunos casos de su responsabilidad. Así tenemos el caso de Pierre Riviere comentado por Foucault, a quien la ley, apoyada en el concepto psiquiátrico de enfermedad, declara inimputable. Es importante destacar que Pierre Riviere opta por el suicidio frente a esta decisión que lo deja imposibilitado de pagar su crimen.

Lo controvertido del problema de la responsabilidad se pone de manifiesto al ser declarada esta sentencia, donde por más que no se haya tenido conciencia del acto cometido, esta sanción implica quitarle la posibilidad de su subjetivación.

Así, en los casos de psicosis declaradas inimputables, se puede comprobar frecuentemente la recurrencia de las imágenes de sus crímenes, que justamente por no estar ligados a la culpa, pugnan por retornar con una insistencia pertinaz a través de sueños, alucinaciones y delirios. En estos sujetos para quien hubo un error en la inscripción a nivel de lo simbólico, la estructura de la constitución subjetiva determina una relación particular con el cuerpo. Su propio cuerpo y el del semejante son dejados caer, lo que permite deducir la causa de la frecuencia de las automutilaciones, así como su correlato en las agresiones físicas hacia el semejante.

En pacientes hospitalizados y declarados inimputables, se observa en su tratamiento la ausencia del horror y la culpa por las muertes realizadas. Se trata de una violencia sin norma, sin medida, cuya única ley es la lucha a muerte en que se trata de la agresividad del transitivismo de: yo o el otro.

Una breve mención de los ejes de un tratamiento ilumina la complejidad del problema del crimen, la culpa y la responsabilidad. En el tratamiento de un homicida hospitalizado, para quien no están constituidos el sentimiento del horror o la vivencia de la atrocidad, se puede reconocer tres etapas en su tratamiento. La inicial en que estos hechos se presentan en forma permanente en su decir y son causa de un insomnio que constituye su único malestar. Un segundo período en el que son incluidos en un delirio donde se entremezclan con otras muertes creadas por la construcción delirante. La alucinación de una autopsia, cuya imagen visualiza, comienza a esbozar la dimensión del horror a través de la sensación de asco frente a lo obsceno de lo real del cuerpo muerto. Este paciente analfabeto que sólo sabe firmar, incluye en su producción delirante un supuesto contrato firmado con anterioridad a su pasaje al acto, cuya función es introducir un remedo de un contrato social que inscribe en el registro simbólico, un pacto que regulariza su relación imaginaria con el otro. Su firma le confiere una autoría y una responsabilidad. En el tercer momento, su decir ha virado, aunque de un modo muy precario, hacia la posición del benefactor. La actividad delirante ha actuado con una función de dique. Cabe interrogarse sobre si la aparición del delirio hubiese ocurrido previamente al pasaje al acto, ello no hubiera bastado para suplir la función del homicidio como armazón del ser en tanto que estabilizador de una estructura sin amarre. ¿Cumpliría en tal caso el delirio una función equivalente a la que en la fantasía cumple la irrealización del crimen en el neurótico?

Los ejemplos de Pierre Riviere y de este caso muestran que a pesar de que los ideales sociales avalen los estragos producidos por la violencia de las guerras y de los rituales, a nivel de la subjetividad el ser parlante tiene necesidad de responsabilizarse de su acto.

Bajo ese aspecto, desculpabilizar o declarar a alguien inimputable equivale a deshumanizarlo.

Beatriz Schlieper

 
 
 
 
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