La Fundación es una entidad sin fines de lucro que se constituye a partir de la experiencia de un equipo de investigación en salud mental, que organizó en 1991 un Centro para la Investigación de la Psicosis.






 




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REVISTA N° 1: Caracterología

Al interrogarse por el estatuto de la locura hoy, lo primero que surge es la pregunta por su alcance, en tanto sus contornos se van desdibujando. ¿Dónde empieza el pathos cuando son los contornos del sujeto los que se pierden? Ya parece no saberse qué es "lo loco". Actitudes que antes se hubieran señalado como locas, ahora parecen no sorprender a nadie.

Esta publicación, comprometida con el tema de la locura, debe abordarla en todo su espectro, porque el pivote alrededor del cual se despliega su tornasol es el sujeto; ya sea que se tome como locura las distintas formas de conducta que no encajan en lo esperado, o la psicosis propiamente dicha, en tanto que estructura clínica.

El problema de la locura es el problema del sujeto, quien como lo señalaba Politzer, ha sido excluido por la ciencia. Esta, ocupada en la creación de nuevos productos para el consumo, de acuerdo con las leyes del mercado, ignora que no hay objeto capaz de satisfacer al sujeto, por lo que se origina una contradicción entre el malestar que éste presenta y el bienestar que genera el confort. Su punto de vista utilitarista lleva a la ciencia a buscar únicamente modos masivos de satisfacción, que cuanto más colman, más insatisfacción generan. Este circuito produce sus efectos: la soledad, el desamparo, la anomia, el incremento del suicidio, la violencia social, la segregación, el terrorismo, etc., que en este fin de siglo parecen tomar visos de catástrofe, van delimitando un perfil nuevo del pathos, que afecta a todo el entramado social.

A pesar de la mayor injerencia del Estado en el control social, se genera un circuito de respuestas cada vez más violentas ante este ordenamiento de lo colectivo, porque si las leyes que rigen el cuerpo social son sólo las leyes del mercado, si no hay un Otro frente al cual inscribir la culpa, el efecto es que las nuevas maneras de tejerse el lazo social muestran a un sujeto anónimo frente a la responsabilidad que le cabe con relación a su acto. Desorden y progreso de la ciencia, son dos caras de una misma moneda, que muestra el fracaso de los ideales sostenidos por la ilustración sobre la hegemonía de la razón y la autonomía de la conciencia arrojando como saldo un sujeto desgarrado.

Fue la psiquiatría la que primero constituyó un cuerpo de saber acerca de los desórdenes observables en la fenomenología del sujeto. Se ocupó de clasificar tipos clínicos que ordenaran y permitieran administrar aquellas manifestaciones que quedaban por fuera del orden jurídico al presentar la situación paradojal de ser a la vez peligrosas e inimputables. Desde Pinel se intentó separar la locura de la criminalidad, derivando enfermedad y delito a distintos espacios bien delimitados: el hospicio y la cárcel.
Freud, surgido del corazón de la ciencia, introduce en ésta una dimensión ética que da origen a una nueva clínica, porque considera al sujeto responsable de sus síntomas. Así, por ejemplo, que para una clínica un sujeto sea responsable de su depresión, plantea consecuencias muy distintas de otra que no tome en cuenta cuál es su parte en la pérdida o en el fracaso. Freud se pregunta qué es lo que lleva al sujeto a un más allá de su bienestar. Se pregunta por la causa, por la determinación de los síntomas que insisten y se repiten ocasionándole un sufrimiento que sin embargo no puede evitar. Contra todo lo esperado por el saber científico, el hombre desmiente que la razón lo conduzca hacia su bien. Esto que sorprende su conciencia y su razón, esto que le es extraño, habita su interior. Es el carácter de extimidad, que Jaques Lacan ha conceptualizado en su topología del sujeto y que subvierte el par de opuestos adentro-afuera; espacialidad homologable al estatuto de una embajada, en tanto ésta representa un territorio extranjero en el interior de un país.

Como lo señala Jaques Lacan al comienzo de su Seminario sobre Las Psicosis del año 1995, la referencia a la locura nunca estuvo ausente de las preocupaciones de la sabiduría. Así, Erasmo, uno de los hombres más representativos de su época, cuando escribe el Elogio de la Locura, la ubica en torno a manifestaciones que como la pasión, el odio, el amor, etc., implican actitudes que al salirse de su cauce han sido interpretadas como locura. También Jacques Lacan, quien diferencia la estructura de la psicosis de los rasgos de carácter, le otorga a la locura un estatuto propiamente humano cuando dice que: "al ser del hombre no sólo no se lo puede comprender sin la locura, sino que ni sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura como límite de su libertad."
Este número abordará el tema de la locura desde la caracterología, que tuvo tanta importancia para la psiquiatría y que, por ejemplo, llevó a Lombroso a intentar diferenciar, a partir de la fisonomía, al loco del criminal. Posición que llegó al extremo de proponer encarcelar, como virtual delincuente, a quien presentara estos estigmas.

En dos artículos sobre fotografía se destaca el valor que tuvo ésta en el establecimiento de una tipología. Ernesto Domenech, señala el afán de Lombroso en la creación de su Atlas, siendo notorio el peso de la imagen durante el transcurso del siglo XIX. El trabajo de Alan Sekula ubica el papel que tuvo la fotografía al introducir una función panóptica en lo cotidiano. La fisiognomía y la frenología sirvieron de base ideológica a esta función que articulaba lo cultural y la regulación social en una pantalla giratoria cuya imagen podía virar de la National Gallery al edicto policial. Cabe preguntarse por la razón que tuvo la pregnancia de la imagen en el establecimiento de la caracterología, tomando en cuenta que este concepto deriva del término griego carácter: letra o signo escrito. Si bien es innegable el carácter simbólico del término, su desvío por el camino imaginario, llevó a que la búsqueda de una huella que indicara la identidad del sujeto, se hiciera a través de los rasgos faciales, ignorando que el hombre sólo puede tener una identidad prestada, efecto de la operación de identificación. En el libro de Gina Lombroso sobre la vida de su padre, se evidencia el extravío a que lo condujo este derrotero por la vía de la imagen, que finalmente llevó su teoría, tan apoyada en la empiria, a los confines de lo inefable.Georges Bataille, tomando la obra de Pierre Boaistuau de 1561 y las láminas de los Regnault de 1775, muestra cómo el hombre es atraído por aquellas imágenes en que el cuerpo presenta desviaciones respecto de una media esperable. Tom Waits, con su cruda invitación circense, deja al desnudo la avidez morbosa del ojo por ver lo monstruoso en el cuerpo del otro. Michel Leiris le otorga un valor al cuerpo y a los modos de su representación figurada que le permite pensar sus marcas ya sean estéticas, rituales, masoquistas o sádicas como un modo de afirmarse el sentimiento de lo humano.

Indudablemente el positivismo del siglo pasado, capturado por la fascinación y el horror que produce el cuerpo, implementó todos los recursos posibles para explicar lo concerniente al ser reduciéndolo a ser un mero cuerpo inerte y vacío.

El travestismo, en los anales policiales de principio de siglo, aparece como un recurso exitoso de los delincuentes para burlar su reconocimiento. Salessi muestra el avance que representó el descubrimiento de las huellas digitales respecto de la fotografía, porque sirvió para permitir la identificación del criminal más allá de sus máscaras; punto en el que la identidad se manifiesta en la huella, más por la diferencia que por la semejanza.

Descartes pone el acento en los humores, la influencia de la hiel, del hígado o la sangre en el espíritu; posición que luego será retomada por Kretschmer en el establecimiento de un biotipo.

Un enfoque diferente del carácter tomado por fuera de estas coordenadas físico-biológicas, en el diálogo entre Silvia Geller y Jorge Alemán que ilumina este concepto introduciendo nuevas categorías para pensar la estabilidad y consistencia del yo a partir de la fijeza que le confiere el carácter. El carácter como un modo de ser que identifica al sujeto en un dasein en el que el yo ha encontrado una forma de satisfacción permanente a expensas de un instinto sacrificado en aras de la cultura. El "eterno retorno de lo mismo", jugado en la inercia de la repetición, que tanto en el carácter como en un destino no elegido, inevitable, muestra la dimensión de lo inexpresable.

La entrevista a Michel Foucault nos ofrece su punto de vista sobre el tema de la elección de objeto sexual en una Caracterología de la homosexualidad.

Lévinas utiliza el concepto de rostro como una metáfora del otro desabrochada de toda medición y cartografía, sobre el que se constituye la responsabilidad como base del lazo social. Es el modo en que el yo en su unicidad, en su existir-para morir, es llevado a responder del otro, produciendo la socialidad como ética del encuentro.

Inversamente el lugar del otro en la constitución del yo tal como la concibe Jaques Lacan, es retomada por Jacques-Alain Miller en su seminario anual de París, Donc. En la clase titulada El yo (moi) y la muerte, recorre allí varios textos del Dr. Lacan, destacando la articulación de este tema con Hegel y Heidegger. El loco hegeliano como imagen del yo (moi) que se elige a sí mismo por encima de la supervivencia, muestra que la posición del yo respecto de la muerte es eminentemente suicida. También enfatiza J-A Miller, cómo a partir de Melanie Klein, Jaques Lacan puede ir más allá del estadio del espejo y aislar el objeto éxtimo, en lo que él llama el "extremo arcaísmo de la subjetivación de un kakon". El trabajo de Paul Guiraud sobre las muertes inmotivadas en los esquizofrénicos recorta una caracterología en este tipo de pasajes al acto.

Establece que por una forma de paralogismo verbal se superpone el deseo de curar la enfermedad, con el de suprimir el mal social. Fabián Fajnwaks destaca en Carácter y psicoanálisis el modo en que Freud abordó este tema, situando un punto de fijación del goce pulsional a partir de un rasgo de carácter del cual infiere la pulsión de muerte subyacente a la necesidad de castigo que se revela en la resistencia a la cura. Silvia Tendlarz analiza el tema del kakon en Paul Guiraud a la luz de los desarrollos de J. Lacan, mostrando que el ser que golpea en el exterior es su ser más íntimo; y destacando la relevancia que tenía para Lacan la posibilidad de subjetivación del acto para el enfermo, que intentaba reintroducirlo en su delirio.

El estudio de Germán L. García, sobre Lacan y la Criminología sitúa la diferencia de posición entre Freud y Lacan con relación al valor que la cultura otorga al crimen. Diferencia debida al desplazamiento que ha tenido la noción de sujeto por los efectos de su exclusión de la ciencia. La actualidad de la conexión entre locura y criminología, surge a partir de las dificultades jurídicas que enfrentan las instituciones en un momento en que la disolución de la responsabilidad vuelve problemático el marco donde fueron creados sus postulados. La psiquiatría y la criminología podían situar la responsabilidad a partir del anudamiento de la culpa y la ley por el parricidio y el incesto, ubicando al loco por fuera del contrato social. Hoy, el dilema es que estos homicidios llevados a cabo sin culpa, son producidos por criminales que no pueden ser considerados psicóticos por la psiquiatría. Tal como observa el autor de este estudio siguiendo a Lacan, para que la punición se articule con la responsabilidad, es necesario el asentimiento subjetivo que le otorgue significación.

José Ingenieros, a quien se le deben importantes estudios sobre criminología, asombra con su crítica del derecho penal, que apriorísticamente sanciona a tal delito, tal pena, comparándolo con ciertos almanaques médicos que asignaban la dosis de un medicamento al nombre de una enfermedad, sin tomar en cuenta la particularidad del enfermo, su temperamento e incluso sus circunstancias ambientales. Silvia Chab, sobre el terrorismo, recorta una lógica consistente en un querer reducir al sujeto a un objeto de desecho como ofrenda a "esos dioses oscuros". Trabajo que nos permite ubicar un rasgo de una caracterología de lo colectivo propia del fin de siglo, que con la intolerancia propia de la masa intenta aniquilar toda diferencia en el otro, ignorando que el sujeto es irreductiblemente diferente de sí mismo, que, como decía Rimbaud: "yo es otro". Caracterología de la postmodernidad que no puede ver en lo que mira el yo en tanto que rostro, como diría Lévinas, el abandono, la indefensión y la mortalidad del otro.

Beatriz Schlieper

 
 
 
 
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